lunes, 23 de abril de 2007

Las Jornadas de Patrimonio de 2008 serán en Campofrío

Fuente: Huelva Información - 23/04/07

De Campofrío a Higuera - Félix Sancha Soria.

Una vez pasada la Cuenca Minera donde los hombres han retorcido los cerros hasta exprimirlos, se precipitan ante mis ojos las dehesas de encinas y alcornoques de términos municipales como La Granada o Campofrío. Toda mirada sigue una línea ascendente que se desplaza desde los numerosos tonos de verdes hasta la lejanas montañas donde planea el buitre negro. Tierras donde el hombre cría sus guarros y busca sus gurumelos para convertir las mesas en todo un espectáculo bajo la atenta mirada de los sentidos.
En estos lares nos hablan las gentes de sus excelentes quesos de cabra y oveja y de su pertenencia a la comarca serrana. Les manifiesto que el caminante tampoco puede entender que estos espacios queden fuera de figuras como el Parque Natural de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche o de su grupo de desarrollo, llegando a la conclusión que estas cosas son siempre achacables al mundo de la infernal política. Y tal es el sentimiento serrano que atesoran que el próximo año las Jornadas del Patrimonio de la Comarca Serrana se van a celebrar en Campofrío en un intento de reivindicar que estas dos poblaciones son parte del antiguo partido judicial, y por tanto, de las Sierras de Aroche y Aracena.
Entre manchas de jaras florecidas y terrazas donde anidan las perdices rojas llegamos a Higuera de la Sierra, donde se celebraban este año las XXII Jornadas del Patrimonio de la comarca. Nos recibe un viento helado que nos indica que el terreno se ha levantado hasta los setecientos metros.
La estructura urbana del pueblo traduce siempre aquellos dos núcleos que se formaron originariamente en los límites de los términos de Aracena y Zufre. Mientras que en el de arriba las casas de inmaculada cal se agolpan en torno a la iglesia parroquial de San Sebastián, en el de abajo el caserío, que es más modesto, se arrodilla en un abrazo eterno con la ermita de San Antonio. Aquellas dos realidades se unieron a mediados del siglo XVI para solicitar el privilegio de villazgo, el cual fue concedido por Felipe II en 1553. En su archivo municipal se guarda tan señalado documento que posibilitó que La Higuera dirigiera en solitario sus destinos y se convirtiera, por el Este, en puerta de entrada al parque serrano.
Este municipio ecológico ha sabido conservar muy bien su medio natural en base a una explotación blanda y responsable de los recursos donde la convivencia entre el hombre y la naturaleza ha sido armónica. Esto hace que por las puertas de los bares se filtren conversaciones que hablan de bellotas, de corcho, de licores, de viveros o de memorables cabalgatas de Reyes Magos. Son sin duda signos de identidad de los higuereños que afloran ante nuestras preguntas sobre su forma de ser o de vivir.
Es entonces cuando la plaza central se aclara para enseñarnos el busto de uno de sus hijos más queridos, el magnífico imaginero Sebastián Santos Rojas, que dejó obras insignes no sólo en Higuera, sino en otros municipios onubenses y sevillanos. Nos enteramos que su hijo da una ponencia sobre la vida del maestro, entramos en el salón de la caja San Fernando para escucharla; entre fotografías conocemos tanto la titánica lucha del escultor con la materia, como su relación con su pueblo o los problemas con determinados políticos del momento.
Nuestros pies, casi sin querer, se fueron hacia el norte buscando la plaza de toros y la ermita del Cristo del Rosario donde la imaginería se hacía dueña del establecimiento religioso. En el interior se condensaba la atmósfera en base a la religiosidad y dulzura en la madera, en el exterior una lluvia fina se mezclaba con cortinas de niebla. Entramos en el coso donde se han celebrado grandes festivales que han traído al pueblo las primeras figuras del toreo nacional. Buscamos al padre Girón, alma máter de todo el entramado taurino, lo encontramos en una ancha calle salpicada de casas señoriales, nos estrecha su suave mano y nos habla de sus sueños a través de sus cansados ojos. El momento adquiere tal densidad que el frío nos congela el cuerpo y la mitad del alma.
Calle abajo, el agua nos precipita a los bares donde el café calienta los estómagos y las conversaciones sobre el patrimonio serrano alteran el silencio. En la puerta se escuchan voces que nos invitan a ver la ruta del agua a través de la colección de lavaderos y fuentes que se derraman por el trazado urbano. Desde Las Provincias hasta las naves cercanas a la ermita de San Antonio nos parece escuchar las conversaciones antiguas de las mujeres lavando la ropa en las pilas. Al pararnos nos damos cuenta de que la soledad ha llegado a estos lavaderos, y hoy tan sólo sirven para que los turistas se acerquen a ver este patrimonio ligado a un tiempo pasado donde el textil se escamondaba en el lavadero y no en la moderna lavadora.
De nuevo en el salón de ponencias se entrega el serrano del año a una de las personas más significativas del movimiento cultural, no es otra que la secretaria de la Federación de Asociaciones, Carmen Sierra. He compartido muchos momentos con esta mujer, por tanto, sé mucho de sus desvelos por el patrimonio y mucho de su desinterés y amable trato. Cuando su hija recoge el premio en su nombre me emociono porque recuerdo tantas aventuras y desventuras en esa titánica lucha por defender y divulgar el patrimonio de la comarca.
De nuevo cogimos el capote y nos dirigimos a la plaza de toros. Entre amigos y vecinos degustamos sin descanso la famosa empaná higuereña regada con la tradicional sangría. Terminamos en el restaurante El Vitamina, personaje muy relacionado con el arte de Cúchares, que nos habló de sus andanzas y nos llenó el estómago de un magnífico arroz con gurumelos. Ya en la carretera los lavaderos y el caserío nos despidieron como testigos perennes del patrimonio cultural higuereño.

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