lunes, 9 de enero de 2017

El mítico Hotel Venecia

El mítico Hotel Venecia
Por Antonio F. Tristancho, verano de 2009

El  carácter  emprendedor  de  Marcial hacía  las  cosas  más  fáciles.  Era  listo,  y en  la  finca  que  tenían  en  la  Ribera  del Pino, sembró todas las frutas posibles en cada uno de los tiempos agrícolas, con el objetivo de que no faltara el postre en el hotel (peras de diversos  tipos, melocotones, ciruelas y por supuesto los peros de Galaroza).

Con  sus  bromas,  inició  cierta  escuela de  marketing,  como  cuando  en  las noches  de  finales  de  agosto,  con  los veraneantes sentados en el Paseo con su rebeca y muertos de frío, llegaba con su manga  corta  discutiendo  la  gélida  temperatura para que se quedasen más días alojados. O cuando ofrecía la Fiesta del Ponche, a finales de verano, cuando llegaban Los Jarritos, como homenaje a los clientes.  Se  usaban  diversos  instrumentos como el violín, el acordeón, cantaba Macarena del Río.

Con  el  paso  del  tiempo,  la  familia Navarro-Blanco  supo  imprimirle  al  establecimiento  un  sello  particular,  basado en  el  esfuerzo  y  en  el  trato  a  los  clientes. Tanto ellos, como sus hijas, Corona y Clotilde, habitaban allí, trabajaban allí y vivían para el hotel. También sus trabajadores,  entre  los  que  han  destacado personas  como  Moisés  o  María,  que entraban  a  las  siete  de  la  mañana  y salían ya de noche.

Estar  en  el  Venecia  les  curtió.  Moisés, por ejemplo, entró posteriormente a trabajar nada menos que en el hotel Alfonso XIII de Sevilla, y qué decir de María, que aún acompaña a su hijo Marcial al campo todos los días. Allí hacían de todo, pintaban,  planchaban,  cocinaban,  limpiaban,... Todo era necesario para contentar a una clientela selecta.

Porque los que se alojaban en el hotel eran  gente  de  categoría.  Abogados, médicos,  notarios,  políticos,  artistas  y toreros  eran  los  clientes  que  llegaban allí  en  verano,  sumados  a  los  representantes,  visitadores  médicos,  maestros, viajantes y comerciantes de tejidos o de alimentos  que  representaban  el  grueso de  la  clientela  durante  el  resto del año.

Entre  ellos,  se  puede  recordar un  ramillete  de  gente  que  ha
dejado   huella,   como   aquellas madre e hija que venían todos los veranos  desde  el  15  de  junio hasta  el  9  de septiembre,  y  que sumaban entre las dos más de 150 años.

Especial  mención  merece  Don José  Velard,  el  profesor  francés. Sus hermanas eran también todas solteras y también profesoras del Liceo Francés de Sevilla. Tenía un auténtico Stradivarius, salvado de las llamas in extremis, con el que deleitaba al personal en conciertos de violín, precursores de los que posteriormente ofrecería hace pocos años el también recordado Pepe Fernández.

Era el hotel de los artistas, ya que allí se alojaban las orquestas, grupos míticos como los X-Combo, cantantes  como  Macarena  del  Río  que  regalaba  los  oídos  de  los  clientes  cada  noche,  y  toreros  como  Litri, Chamaco o El Cordobés, que salían desde allí hacia todas las plazas de la sierra.

Los que vivían permanentemente en el hotel lo hicieron su morada y su único referente, hasta el punto de que varias personas murieron en su interior. Como por ejemplo, Don José, maestro de varias generaciones de cachoneros, un andevaleño sin familia, que allí murió y que fue velado por la familia de Marcial sin saber que guardaba un cheque en blanco que se quedó el Estado, como todas sus propiedades. O Pepe, decorador de carretas que se dirigían al Rocío, que también adornaba la de la Hermandad de la Peña de Galaroza, y que falleció en el Venecia de un ataque al corazón. Morada última, pues, morada eterna también en el recuerdo de todos los cachoneros, que han hecho un hueco en sus memorias para este símbolo de nuestro pueblo.

Fueron años de grandeza que cimentaron la fama del Venecia, posteriormente conocido en todos sitios, y que llega a los tiempos actuales. Coincidió también con un florecimiento del barrio, que era un hervidero de vida y actividad con lugares como el Bar Coyote, la taberna de Antonio Caseta, el cuartel de la Guardia Civil, el Bar de José Mª Ortega ‘El Herrerito, la Estación Agrícola funcionando y diversas fábricas entre las que destacaba la de Juan Antonio, con una veintena de hombres trabajando. Todos los días, la zona recibía a muchos cachoneros que iban a ver el ‘Saure, el único autobús de línea de entonces y que constituía un auténtico espectáculo para niños y mayores. Entonces eran otros tiempos, cuando Venecia era Venecia.

Tras  muchos  avatares,  la  familia  de  Marcial  lo  traspasó  a  los  Hermanos  Carranza,  Domingo  primero  y luego  Javier,  el  último  del  Hotel  Venecia.  Sus  recuerdos  siguen  la  misma  línea: esfuerzo,  tesón  y  buen trato al cliente conformaron su forma de trabajar. Javier vivió en el Venecia los nuevos tiempos, la inmigración, el nuevo turista al que intentaban contentar con las primeras formas del turismo activo llevándolos a sus coches particulares a realizar excursiones o a comprar chacinas.

Vivió el "embrujo del hotel", como él lo llamaba, de un lugar que esperamos pronto pueda resurgir de sus cenizas y volver a convertirse en un referente para Galaroza.


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