domingo, 22 de enero de 2017

Fidel, el fotógrafo de nuestras vidas

Los tiempos evolucionan en todos los sentidos y una de las parcelas en las que más evidente ha sido en las últimas décadas es en el de la imagen. Las cámaras digitales, los móviles y su posibilidad de compartir en redes sociales han revolucionado nuestra forma de captar, ver y utilizar las fotografías. Sin embargo, este evidente avance no debe hacernos olvidar los principios de este arte, especialmente en pueblos como el nuestro.
Por ello, la Asociacion Lieva cree conveniente rendir homenaje a uno de los pioneros en esta materia, Fidel Pavón Fernández, quien durante casi medio siglo realizó la magia de ofrecernos imágenes de lugares, personas y celebraciones que forman parte de nuestros recuerdos y de nuestras vidas.

Fidel no tuvo una infancia fácil; huérfano de padre y madre muy niño, estuvo varios años ingresado en el Sanatorio de Aracena, enfermo de tuberculosis. Esta infancia marcó su vida, ya que le obligó a ser fuerte y a trabajar en materias que no le exigieran un esfuerzo excesivo que pudiera comprometer el único pulmón que le quedaba.  Así, con 20 años, recibe de su tía Reposo la sugerencia de que se dedique a la fotografía, y compra su primera máquina con un dinero que le prestó Román Sánchez, que era aficionado a este arte. Fue una cámara marca Retina y le costó 3.000 pesetas.
En los años cincuenta del siglo pasado, Fidel ya estaba haciendo fotos. Fueron momentos muy difíciles, ya que no había recursos en las familias para lo que podría considerarse como un lujo. De esta forma, le hacía fotos a su novia, Josefa Vargas, y sus amigas, como Mª Luisa, Rafaela, Encarna o Rafaela.  Vendía tres fotos a nueve pesetas.
Complementaba estos trabajos con su presencia en todos los eventos que podía: romerías, jiras, fiestas, acontecimientos como los Reyes Magos o el Huevo y el Bollo en Santa Brígida, no había acontecimiento que no contase con la presencia de Fidel, tanto en Galaroza como en otros lugares.
En este ir y venir, conoció a Manolo Díaz, de Nerva, que tenía laboratorio, y comenzó una fructífera relación de estrecha colaboración profesional, ya que lo acogió como a un hijo y le enseñó todo lo que sabía. Allí revelaba sus fotos y colaboraron, sobre todo en momentos especiales como fiestas o cuando vino el DNI
Y es que, en 1954, estos encargos supusieron el primer triunfo para el fotógrafo cachonero. Para el DNI, Fidel hizo miles de fotos. Las autoridades citaban a los vecinos durante tres o cuatro días en el estudio. En otros pueblos lo hacían en un Casino o lugar fijado. El resguardo se entregaba y se indicaba el día en que se podía recoger la foto, que es cuando venía la policía, que podía ser la judicial, de paisano, para supervisar el proceso. Se producían muchas colas y esperas, sobre todo por la noche, cuando podían venir los vecinos tras su trabajo. También desempeñó otros oficios, como en las castañas,  con Oscar Navarro, o como cobrador de seguros y pólizas.
Se compró una bici, luego un ‘mosquito’ o ciclomotor, en el que iba a Nerva y a los acontecimientos de pueblos vecinos, y finalmente una Vespa. Cuando llegaba a su destino, solía enviar un telegrama a su novia, que ésta recogía en el despacho de telégrafos que regentaba Carmen, hermana de Don Julio Beneyto. “Llegado bien”, decía en sus mensajes, algo así como un whatsapp de ahora.
Al casarse con Pepa en 1956, instaló su estudio en los altos de la farmacia actual, junto al Ayuntamiento, fabricando un rudimentario laboratorio de cartón, en una habitación oscura. Tan sólo tenía como decorado, un banco de madera gris, un reclinatorio para fotos de comunión, un telón de cortina beige y otra negra.
Tenía amigos en todos los pueblos, que le informaban, al igual que los curas, de las fechas y ocasiones que había para hacer fotos. Su hija Milagros suele recordar que  “donde había un cura, allí estaba él”.
Tras el nacimiento de su hija Milagros y de su hijo Fidel, ya en los años 60, nuestro protagonista sigue llevando su cámara allá donde va. Por eso, los domingos por la tarde se dedicaban a dar paseos por la carretera, junto a las familias y las parejas, y aprovechaban para hacer fotos en el trayecto carretera arriba, desde La Morera hasta El Torito, lugar por donde en aquellos años no pasaban muchos coches.
En 1960 se trasladaron a su vivienda de la calle Gumersindo Márquez, donde instala un laboratorio mejor equipado, se compró una ampliadora y ya no iba a Nerva, aunque tuvo otros asociados. La habitación donde hacía sus fotos llegó a ser un lugar familiar para todos los cachoneros; tenía un sofá, cortinas, un suelo hidráulico que se hizo famoso, la chimenea y el plinto a juego. De una forma u otra, todas las familias de Galaroza conocen a la perfección este improvisado “estudio”, que se convirtió en la casa de todos.
En 1966 editó las primeras postales sobre Galaroza. Eran escenas de lugares emblemáticos que aparecían coloreados, una técnica que utilizó antes de la llegada irremediable del color a la fotografía. Esta irrupción tuvo lugar a finales de los sesenta y constituyó toda una novedad para la que Fidel y su familia no estaban preparados, al carecer de laboratorio para revelar con estas nuevas técnicas. Por ello, hubieron de adaptarse y comprar el material en Sevilla, donde revelaban en el laboratorio Surcolor. Las fotos tardaban en llegar tres o cuatro días.
Pero la gente empezó a comprar las cámaras Kodak o Polaroid, con lo que el negocio de hacer fotos comenzó a esfumarse. Se reinventaron de nuevo haciendo el revelado de las fotos que tomaban los clientes con sus propias máquinas. Su eslogan de aquellos tiempos fue “Foto Fidel, revelado en sólo dos días”.
Cuando llegó el video, su hijo Fidel tomó las riendas del negocio, con la colaboración de su hermana. Se hicieron muchas bodas, bautizos y otros eventos, aunque ya con la imagen en movimiento, no con las fotos fijas. También hicieron numerosos montajes audiovisuales
La era digital supuso ya la desaparición de la fotografía tal como la conoció Fidel Pavón. Solía decir “Si yo hubiera tenido esto en mi época….”.
Se vislumbraba ya el final de un ciclo, pero sacó a relucir de nuevo su carácter emprendedor y pusieron la papelería que mantuvo hasta su muerte, en la que también puso un toque de innovación, al ofrecer la primera fotocopiadora del pueblo.
Esta es la pequeña historia de la fotografía contemporánea en Galaroza, similar a la de cualquier pueblo rural y a la de cualquiera de los muchos fotógrafos que iniciaron un camino de magia y de dificultades que marcó una etapa.
Con Fidel Pavón tuvimos la ocasión de vivir momentos de emoción y de retener para siempre recuerdos imborrables gracias al arte de sus fotos. Fidel y su familia han formado parte de las vidas de los cachoneros, por lo que merecen nuestro agradecimiento y nuestro homenaje.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario y te responderemos a la mayor brevedad. Gracias por participar