lunes, 30 de enero de 2017

Hace cuatro años que cayó el Pino de la Atalaya

En los últimos días de enero de 2013, Galaroza y toda la comarca serrana fue azotada por un fuerte temporal que no sólo dejó perjuicios económicos en la zona, con daños en casas y fincas, destrozos en las infraestructuras o bajadas de luz que provocaron situaciones muy desfavorables. El viento y la adversa climatología dejaron su rastro en uno de los árboles más conocidos y queridos de Galaroza.
El Pino de la Atalaya, centenario ejemplar que ha resistido viento y marea, no pudo más, y sucumbió ante la fuerza del temporal. Este viejo pino piñonero apareció prácticamente partido en dos, un aspecto que contrasta con su majestuoso porte de antaño.

En la población, la noticia causó honda sensación, ya que se trata de un paraje muy ligado a los vecinos, que lo tenían como uno de sus símbolos identitarios. Desde chicos, los cachoneros solían hacer excursiones y merendar al pie del pino, que ha vivido anécdotas y vivencias que pertenecen no sólo a los recuerdos personales sino también al imaginario colectivo local.
Los vecinos peregrinaron al lugar para ver cómo había quedado su pino, quedando todos sobrecogidos por la fuerza de la Naturaleza. El Ayuntamiento contactó con la oficina del Parque Natural para comprobar el alcance de los daños y plantear en lo posible la conservación de la parte que queda en pie. Incluso se plantearon algunas ideas para poner en valor el recuerdo y el significado que ha dejado este árbol en la localidad, aunque la fuerza de los hechos se impuso sobre cualquier deseo de recuperación.
Fue declarado por la Junta de Andalucía como uno de los árboles singulares de la provincia de Huelva, uno de los tres con que cuenta Galaroza, junto al alcornoque de El Talenque y el madroño de Los Linarejos. Este reconocimiento le vino otorgado en virtud de la gran longitud de circunferencia de su fuste, partiendo de más de seis metros en la base y llegando a casi cuatro metros a 1.30 centímetros de altura. El aspecto del tronco es el de un cilindro macizo y su perímetro en la base alcanzaba los 6.50 metros, por lo que para abarcarlo se necesitaban tres o cuatro personas con sus manos enlazadas. Pero también su altura era espectacular, llegando a los 27 metros, lo cual le convertía en un hito del paisaje al estar situado en lo alto de un cerro con su mismo nombre.
El ejemplar de “pinus pinea” se encuentra a 683 metros sobre el nivel del mar, y la cobertura vegetal que le acompaña es densa en arbolado como alcornoques, castaños, pinos negral y olivos. El sustrato está tapizado por helechos que denotan la humedad del ambiente.
Este tipo de pinos, normalmente sobre puntos altos, han basado su importancia en su utilidad para delimitar términos municipales, pero el Pino de la Atalaya era algo más para Galaroza, como demuestra este bello poema que el escritor Julio Beneyto dedicó al gran árbol cachonero.

Pino de la Atalaya

(A Matilde)

No he visto ojos más grandes
que los ojos de tu cara,
ni pino como aquel pino
que corona la atalaya.

Color de cielo,
azul de mares...,
¡qué ojos más lindos,
Virgen del Carmen!

A lo lejos sobresale
la silueta pura y clara
que, en lo alto de la cima,
como faro se derrama.

Copa más grande
no he visto nunca,
ni otras pestañas
como las tuyas.

Cuántas veces he escuchado
el silbido de sus ramas,
donde, ágil y altanera,
su dominio tiene el águila.

Montañas verdes
azul de fondo,
cielo azulado
el de tus ojos.


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