lunes, 1 de mayo de 2017

La aldea fantasma de 'Las Cañás'

Lo que no sirve, se abandona, se olvida. Esta triste máxima que lleva a ultranza la sociedad actual no es nueva. Bajo esta premisa injusta, muchos objetos han caído en desuso, muchas tradiciones han desaparecido e incluso muchas personas han dejado de ser válidas para el mundo. A nivel demográfico, el abandono le llegó a aquellas poblaciones que vieron marchar a sus vecinos. Fueron muchas las aldeas y cortijadas de la serranía onubense que han desaparecido en el último siglo, víctimas de la despoblación.

Como si hubiesen sido ejemplos de inspiración para la canción de Joan Manuel Serrat, Pueblo blanco, localidades como Castaño Bajo, en Jabugo; El Hurón, en Aroche, o Las Cañadas, en Galaroza, han desaparecido de la faz de la tierra, encontrándose hoy enterradas bajo la maleza y el olvido.
Rescatando un estudio de la Asociación Cultural Lieva sobre esta última aldea, conocemos que cuando Galaroza obtuvo su título de villa en 1553 de manos del rey Felipe II, que firmó en nombre de su padre, el emperador Carlos V, se le otorgaron seis aldeas, concretamente las de Cortegrullo, Las Cañadas, Las Vegas, Fuenteheridos, Las Chinas y Navahermosa. Las tres primeras se fueron quedando despobladas durante las fuertes migraciones del siglo XX, mientras que Fuenteheridos fue aldea de Galaroza hasta el siglo XVIII y las dos últimas aún se mantienen bajo su jurisdicción.
Las Cañás fue una población eminentemente agrícola, situada entre su pueblo matriz y Valdelarco, que llegó a contar en 1854 con 58 habitantes. Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico, publicado en 1847, dice de ella que estaba "situada en la parte sur oeste de una colina, con clima templado y buena ventilación. Tiene diez casas y una ermita; dista de su matriz un cuarto de legua y el terreno que comprende es de tercera calidad. Produce bellotas, uvas otros frutos, y entre la cría de ganados es el más preferido el cerdoso". Su población era entonces de diez vecinos y treinta y seis almas.
Poetas, escritores y periodistas se inspiraron en este lugar, como Aurelio de Vega, que en su libro La Sierra de Huelva, hitos y tradiciones, publicado en 1997, recoge parte de sus artículos en Huelva Información para recordar que "pueden verse todavía los restos de media docena de casas, que debieron ser hermosas, hechas de piedras y tapial, el suelo también empedrado, chimenea, zarzos para ahumar frutos y chacina, alacenas en las cocinas, corral y dependencias para el ganado. Los huecos de puertas y ventanas están en distribución simétrica cumpliendo las necesidades de dentro a fuera".
La calle principal sigue siendo el eje central del núcleo, y lleva a la antigua iglesia, de la cual se conservan parte de sus muros. Es el escritor cachonero Emilio Rodríguez Beneyto quien, en su libro Aspectos históricos de Galaroza, rememora la historia de este templo, al decir que en la página 306 del libro décimo de Bautismos de la parroquia cachonera puede leerse un texto del cura de entonces, Manuel Casanova y Biescas, dando noticia de la "bendición y la dedicación a la Inmaculada Concepción de la iglesia nuevamente construida en la aldea de Las Cañadas". Este sagrado acto se produjo el 1 de agosto de 1830, y al mismo concurrieron las autoridades y los párrocos de Valdelarco, Navahermosa y Cortelazor la Real, quien ofició la ceremonia. La celebración estuvo "hermoseada" por una orquesta de música, costeada por los vecinos de la aldea.
Distintos fueron los momentos vividos por la iglesia, que quedó arruinada antes de que acabase el siglo XIX. Posteriormente, la imagen de la Purísima que reinaba en este templo, fue colocada en el retablo de la Divina Pastora de la parroquia de Galaroza, desapareciendo poco después, como el resto de la aldea.
El camino hacia la aldea es tortuoso pero repleto de bellos parajes donde se pueden apreciar los diversos ecosistemas que pueblan la sierra. Precisamente, uno de los atractivos que se podrían poner en valor es una cascada de agua, situada en el paraje del Pitoso, que tiene altura y belleza suficientes para ser más conocida. Barrancos, vegas, muros de piedra, arroyos y huertas inundan el sendero que cada vez es más transitado por los turistas. Los visitantes, al doblar el último recodo que les introduce en Las Cañás, no pueden evitar sentir una sensación de nostalgia por lo que fue aquel lugar, por las dificultades de sus moradores, que no tuvieron más remedio que abandonar su hogar ante el avance de la supuesta modernidad.

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